
martes, 20 de diciembre de 2011
Pez

martes, 5 de abril de 2011
Estirada luna estirada

La luna se estiró, se estiró
hasta perderse en el cielo
oscuras están las noches
y las estrellas se enfrían...
En una orilla del cielo
está la luna estirada
como liga, como línea
como raya
Échame un alambre,
un lazo, una cuerda
y manda al que pueda
enlazar las estrellas
Dónde está el niño
que pueda enrollarla
y convierta en luna
esa tira larga
Ahora que la luna
volvió a ser redonda
atenle los brazos
a la juguetona
Poesía: Ninah Basich
Ilustración: Patricia López Latour
martes, 22 de marzo de 2011
Pañuelito blanco

Sí, yo vivía en un cajón de la cómoda de la abuela Amelia. Sin saber qué hacer, siempre doblado, perfumado. Pero nadie me usaba ¿por qué? Porque ser un pañuelo color blanco para el cuello o la cabeza es una gran pesadilla. Imagínate cuando alguien en la casa quiere estar lindo, elegante o encantador, elige otros pañuelos, el de flores, lunares o brillos. Pero no los culpo, es entendible: un pañuelo blanco no tiene demasiada gracia ¿no? En cambio los de otros colores... Ellos sí eran afortunados, salían de tanto en tanto y cuando volvían, pasaban semanas contando las aventuras vividas.
Una mañana Amelia me tomó y fichhhhhh... caí en una canasta repleta de sandwichitos, jugo y galletitas...
-¡Ay, lo único que me falta es que me usen de servilleta – pensé.
Fuimos a buscar a Luz, su nieta. Una beba tan gorda como un pan redondo. Tenía un chupete colgado de su saco de lana rosa. Llegamos a una plaza.
- Luz, Lucesita, mirá a la abuela que te saca una foto - y la beba sólo seguía en su historia.
¿Para qué me habrá traído a mí?, me preguntaba, todavía dentro de la asfixiante canasta de mimbre.
Hasta que Amelia me dobló como un triángulo y "plic" fui a parar a la cabeza de Luz. Ahí sí que me sentí a gusto, el sol hacía un arco iris en mí y el aroma a jazmines de la beba me fascinaba.
Después de esa tarde, me lavaron, perfumaron y me plancharon y "fichhhhhh" nuevamente me deslicé hasta el cajón de la cómoda.
Pasaron semanas, meses y nada... nadie me ayudaba a salir de allí. Comprobaba como día a día, el olor a humedad se acentuaba. Qué deteriorados estábamos todos. Hasta ése pañuelo de lunares rojos, que vociferaba con voz grave y fuerte:
- "vamos, no teman, luchen, no se detengan"- ya estaba amarillento y resquebrajado. Yo me iba salvando porque me corría silenciosa y lentamente, detrás de un destello tibio de sol, que se colaba por un agujero de la madera del mueble.
Del afuera se oían risas, algarabía... ¿goles? Sí. Parece que jugaban al fútbol, cerca de la casa de Amelia. ¡Con lo que a mí me gustaba ir a la cancha!
Ya estábamos tan desesperados con el encierro, que mis amigos (otros Pañuelos) se alegraban gritando:
- Gooolll -¿te das cuenta? Su única alegría era esa. Parece mentira ¿no? ¡Y otros necesitan tanto para ser felices!
De vez en cuando, volvían mis fuerzas y comenzaba a pedir ayuda:
-¡¡Por favor, sáquenme de aquí, es horripilante estar a oscuras!! ¡Me ahogo! ¡¡¡Quiero ver la claridad, el verde de la plaza!!! – pero... nadie me oía. Temblaba, subía, me estiraba, lloraba. Haciéndome un bollito, escondido en el rincón más frío, seguí esperando... ¿quién sabría de mi sufrimiento? ¿Alguien me estaría buscando?
Ya no recuerdo cuánto tiempo pasó, cuando... se abrió el cajón.
-ACÁ ESTÁ- Amelia me acariciaba con sus manos temblorosas, sus lágrimas me iban humedeciendo y yo pensé:
-¡¡Uy!! Ahora sí estoy frito, la abuela me usa para limpiarse los mocos - pero no, me estrujó entre sus manos con tanta esperanza que me encantó el apretón.
La tarde que dimos una vuelta a la plaza, pude ver otros pañuelos.
- Ja, todos blancos, sobre cabezas de mujeres, parece que es la moda o... ¿Están todas locas? ¿Ya no le gustan más los colores? ¿Seremos más calentitos? - una y mil preguntas me hice. Pero sin respuesta.
Desde ese momento siempre me localizaban cubriendo la cabeza de Amelia. A veces el sol era demasiado fuerte, otras la lluvia muy dolorosa, finita, constante. Vi, los mismos árboles sin hojas como en veinte otoños. Vueltas y vueltas y más vueltas a la plaza. Tantas, que los cabellos de estas señoras caminantes se fueron volviendo indefectiblemente plateados. Aunque no podía quejarme, dado que lograba salir todas las semanas.
¿Conocen la primavera? ¿Sí? Los brotes de las plantas se asoman. Rojos, naranjas y amarillos aparecen entre los verdes intensos de las hojas recién nacidas. Los pichones comienzan su voladora vida, el viento es una brisa. Todo se convierte. Los aromas envolventes de las mentas, tilos, manzanillas, lavandas, refrescan, tranquilizan, limpian. Todo renace.
En septiembre en Argentina, precisamente el 21, que era miércoles, Amelia me lució especialmente. Fuimos al aeropuerto y por una de las enormes entradas transparentes apareció una muchacha, con la cara redonda como una media luna de manteca. Su mirada se encontró con la de Amelia (no con la mía, yo no tengo ojos, acordate que soy un pañuelo). Un abrazo fundidor hizo maravillas. Ahí volé... sí, les dije que en primavera muchos vuelan. En realidad mi dueña hizo con sus manos fuertes que yo me deslizara: me enrolló y fui a parar al cuello de Luz ¿Qué Luz? ¿Se acuerdan de la beba? Luz era esa beba ahora hecha una mujercita, la descubrí por ese perfume a jazmín en la piel, ¡¡¡nos reencontramos los tres!!!
Y prometimos NUNCA MÁS separarnos.
Texto: Patricia Iglesias Torres
Ilustración: Mechuk
Este emocionante texto es una expresión artística, dulce y nostálgica
que refleja una de las miles de historias de vida que sucedieron durante aquellos años...
Un pasado triste que Patricia supo transformar en exquisita literatura...
Dedicado con respeto y amor, a las Madres, a los Padres, a los Hijos, a los Nietos , a los Hermanos, Abuelos, Sobrinos, Tíos, Amigos
y a todas las familias argentinas
que fueron distanciadas por la dictadura...
Porque la identidad es un derecho
al origen y a la vida...
24 de marzo
Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia
martes, 8 de marzo de 2011
Voy a correr como nunca

Las cuadras que me faltan para llegar se hacen largas. Ahora que la voy a ver, me late el corazón. Acá estoy en la puerta. Mi seño es esa que entró recién. Este año nos toca la misma. Creo que el corazón se me va a escapar, corre como un bicho el desgraciado. En el primer recreo se lo digo. Hoy sí. Le digo a Rosita que la extrañé mucho. Y que la quiero.
No me olvido cuando la encontré en las vacaciones. De camino a la bicicletería pasé por su casa. Pero me dio vergüenza saludarla y seguí de largo. No es que me haga el duro, como dice mi mamá, pero no me animo a contarlo. Pero hoy no me importa nada, que se enteren todos. Qué raro, no está todavía en la fila… a lo mejor viene más tarde.
No, no está en ningún lado. ¿Dónde se metió? Ahora la seño Alicia hace pasar a los nuevos. ¡Ah!, nos dice, falta Rosita. Que se mudó, dice. Que se fue un poco lejos. Que dejo una carta con la nueva dirección para que le escriban. Que… ya no veo ni el pizarrón ni escucho nada más. Levanto la mano y pido ir al baño. Me quedo un rato con la cabeza debajo de la canilla. Hace mucho calor. Me parece que no sé que voy a hacer. Quisiera estar en casa.
Me vienen a buscar, la seño me habla. Quiero ir a casa, le digo. Me da la mano y me lleva a la cocina. Que hace mucho calor, dicen todos. Ahora tomo un té y cierro los ojos. No voy a llorar. El último sorbo y vuelvo al aula. Ya me dijeron que Raúl trajo una pelota para el recreo. Mucho no falta. Voy a correr como nunca, más fuerte que mi corazón. A lo mejor… esta noche le escribo. Rosita, hoy corrí mucho y el corazón me late fuerte. Así le digo. Y listo.
sábado, 26 de febrero de 2011
Una luna, tres deseos, mil sueños... (por Matías Acosta)
martes, 8 de febrero de 2011
En el cielo más que estrellas

Lara y Nacho jugaban en el jardín de la casa, era una tarde de primavera muy linda pero con muchas nubes. Acostados en el pasto, buscaban formas en ellas.
-¡Es un juego muy divertido, nunca imaginé que en las nubes podían encontrarse tantas formas- Dijo Lara entusiasmada - y Nacho, concentrado en la búsqueda le respondió:
- ¡Una vaca! y ahí un gato! ¿los ves? ¿los ves Larita?
-¡Si Nacho! los veo! -.
De pronto una gran nube pasó sobre ellos, era tan grande que casi ensombreció todo el jardín.
- ¿A que se parece?.... yo tengo vista esa forma.- Dijo preocupado Nacho
¡Ya sé! ya sé! es igual al auto rojo que perdí el otro día. ¿Pero como llegó al cielo?
- Lara con cara de resolver el misterio, dijo:
-Pasó un pajarito volando y se lo llevó para jugar, después lo llamó su mamá a tomar la leche y lo dejó sobre una nube y, al pasar el hada de las estrellas, viendo que el auto estaba solito, lo guardó para que no se pierda.
Nacho, mientras observaba la gran nube auto, pensó que ésa, era la única explicación que podía existir, igual algunas dudas flotaban en su cabecita, pero seguramente Lara tendría una respuesta, y volvió a preguntar.
-¿Y en donde lo guardó?
- Dentro de una nube, junto con las estrellas, donde más. - contestó Lara.
- Ha, ¿el hada junta todas las estrellas y las guarda en una nube? - dijo Nacho sorprendido, claro, nunca se le había ocurrido pensar en donde estaban las estrellas cuando se hace de día, pero Lara, se ve que había estudiado el problema y estaba bien informada y también le contestó.
- ¡Por supuesto! no las va a dejar sueltas por ahí para que se mezcle el día y la noche! imaginate que se armaría un lío bárbaro! algunos se irían a dormir y otros a trabajar, no sabríamos si cenar o almorzar. Sería un desastre universal.
- No sí, claro claro. - Nacho afirmó la respuesta de Lara.
- Pero, al final, este hadita, ¿me va a devolver el auto?
Lara, con las manitos debajo de su cabeza y siempre mirando al cielo, también le contestó:
- Ah! eso sí que no podría asegurarlo, vos lo dejaste tirado por ahí, podría no devolverlo nunca más!.... aunque si un adulto se lo pide... por ejemplo tu papá. es posible que sí, al fin de cuentas es un hada y las hadas son buenas.
- Claro, claro, - Nacho se quedó pensando en que nunca más volvería a ver a su auto rojo. Y mirando a Lara le preguntó si no quería tomar la leche con él en su casa, su mamá le había comprado unas ricas galletitas para compartir con ella. Lara le dijo que sí , se levantaron del pasto, y juntos caminaron hacia la cocina.
Mientras tomaban la leche, un sonido a llaves llamó la atención de los chicos, era el papá de Nacho que llegaba del trabajo, los chicos corrieron a saludarlo.
- Hola chicos! ¿Saben que encontré en el hall de la casa?
- ¿Qué? - preguntaron impacientes
Y sin decir nada sacó de su bolsillo un autito rojo.
Los dos abrieron los ojos muy grandes, tan grandes como pudieron y asombrados, tomaron el autito y salieron corriendo hacia el jardín, miraron al cielo y ya no quedaba ninguna nube. El cielo, celeste, los invadía.
Lara y Nacho emocionados y felices gritaron - ¡Gracias hada de las estrellas! y con una sonrisa entraron a la casa.
Texto: Silvina Troicovich
Ilustración: Jazmín Varela
