viernes, 26 de septiembre de 2008

Mi gato tiene ojos de luna




Mi gato espera paciente la noche,
quiere ver a la luna a través de la ventana:
las estrellas lo engañan
las nubes lo irritan
las orejas apuntan
y sus ojos la atrapan.




Poesía : Mercedes Aceves Zúñiga (México)

Ilustración : Marlowa ( Brazil)

sábado, 20 de septiembre de 2008

El grillo y el girasol






























Luisa vivía en el campo, en una casa muy linda con sus papás y sus hermanos. La casa estaba rodeada de muchos árboles, pájaros y flores de los más hermosos colores y perfumes.

La habitación de Luisa tenía una gran ventana, por donde entraba el sol cada mañana. Desde muy chiquita, Luisa veía como un simpático grillo venía todas las tardes a su ventana y cantaba, alegrándola con su música y sus ruidos. Lo llamó Pancho.

Una tarde de primavera, cuando Luisa jugaba en el campo, decidió seguir a Pancho. Lo siguió hasta que llegaron a un árbol que había cerca de un campo de girasoles. Allí Pancho se juntó con otros muchos grillos. Parecían muy contentos en ese árbol, y Pancho les contaba que todas las tardes iba a la ventana de Luisa y allí se quedaba cuidándola y alegrándola.

Un día llegaron al campo unos señores para ayudar al papá de Luisa. Comenzaron a cortar el pasto y las ramas de algunos árboles. De pronto Luisa escuchó algo que no le gustó:

Para poder seguir necesitamos cortar aquel árbol, el que está allá junto a los girasoles, dijeron los señores.

¡El árbol de Pancho! Luisa se puso muy mal. Corrió a contarle a su papá lo que pasaba.

¡Papá! - gritó Luisa- esos señores quieren cortar el árbol a donde viven los grillos.
¿Qué? - dijo el papá, creyendo que esta era otra de las tantas historias que Luisa inventaba.
El árbol que está al lado de los girasoles, es la casa de Pancho y su familia- le dijo Luisa- Pancho me cuida y me alegra. Y el árbol nos da sombra cuando hace calor los días de verano. Que no lo corten. Por favor- rogó Luisa a su papá.

Para que le creyera, Luisa llevó a su papá hasta el árbol y allí él pudo ver que era verdad: estaba lleno de grillos.

Entonces el papá de Luisa les pidió a los señores que no cortaran el árbol, que lo dejaran ahí a donde estaba. Los árboles son muy importantes y necesarios para todos y además ahí vive Pancho ¡un simpático grillo que cuida a Luisa desde la ventana!



Idea original: Lucía Díaz Bartolome (Argentina)

Asistente de redacción : Inés Umaran (tía) (Argentina)

Ilustración: July Macuada ( Chile)

jueves, 11 de septiembre de 2008

Jardín




Lajas de piedra verde-azul marcaban un camino serpenteado que recorría todo el jardín. Cada día nacían en él más corazones y todos eran de diferentes formas: redondos, afilados, unos con capacidad para flores, otros para espigas; unos más altos, esbeltos, otros pequeños, ovalados.
Era una vasta dimensión la del jardín y otra la forma en que la vida aquí interactuaba: ronroneo de tallos enredándose unos con otros, hojas nervadas en forma de filigrana, creciendo y amamantando con su extendida sombra a otros corazones vivos como ellas; musgos verdes sedando la aspereza de una roca, hormigas viviendo bajo esa roca, bebiendo de la humedad del musgo.

Las historias del jardín, amarillas de polen, volaban de un lado a otro con el aire y también en las alas de mariposas delgadas o en abejas tozudas y disciplinadas como sus simétricas rayas…
Y en tiempos de amor, unas mariposas preferían flores a otras mariposas de su misma raza y ciertas flores se abrían más cuando ellas llegaban, las esperaban con el olor dulzón salpicado en los pétalos y la mariposa de ala prístina se posaba cautelosa, besaba a la flor que se arqueaba girando en su propio tallo, ligera...ruborizada...
Los anillos en el tronco del cocotero eran los caminos para orugas de colores y pelaje espeso como espuma, veinte diminutos pies impulsaban a otros veinte que hacían de delanteros en la caminata pausada y a menudo interrumpida por el martilleo agudo de un despeinado pájaro carpintero, que impulsivo y voraz, abría túneles en cortezas húmedas buscando alimento.

Un día en que el sol casi desaparecía y la vida era de un color naranja quemado, una muchacha salió descalza a las lajas y se sentó en ellas tratando de acomodar su cuerpo a los limites de la piedra; al sentarse suspiró y la onda de viento rozó a la oruga que perdió un anillo de color en el instante. Ella no percibió el susto de la oruga, llevaba su corazón triste, los bordes de sus ojos y sus labios eran del mismo color que los tres pétalos del flamboyán, de un rojo intenso y sin fondo aparente. Dos lágrimas impulsadas como olas volaron desde sus ojos hasta el mismo pecho de una hormiga que del impacto quedó virada patas al cielo revolviéndose como un fuelle de reloj....sus amigas rápido soltaron todas las migajas de pan recolectadas durante el día y fueron en su ayuda, el hormiguero se alarmó sobremanera, todas chocaban entre sí y al hacerlo se tocaban las antenas buscando más fuerza, una bien pequeña y colérica se abalanzó a los pies de la muchacha e hincó con fuerza sus dientes en una mordida que casi la deja sin vida.

En segundos la piel de la muchacha enrojeció y todas temieron la furia con la que los seres grandes reaccionan a sus mordidas, pero para asombro de todas, ella apartó amorosa todas las hierbas que cubrían a la hormiga empapada de su lágrima y la subió a una hoja de punta afilada… la hormiga aún tragó en seco y se aguantó como pudo de los nervios de la hoja, la muchacha acercó su boca roja y exhaló un dulce suspiro, secando del todo a la hormiga, quien bajó sus antenas en señal de paz quedándose dormida a toda pata suelta…

La muchacha rió y al reír, sus ojos se volvieron del color del único pétalo jaspeado del flamboyán, devolvió a la hormiga a su casa y se alejó por el camino de las lajas riendo, dejando tras de sí una estela olorosa de amor que rápido siguieron todas las mariposas, las abejas y hasta el despeinado pájaro carpintero…

Y tú, si alguna vez lloras en un jardín, cuida tus lágrimas porque siempre habrán otras dimensiones respirando junto a ti y a tu corazón.




Texto : Pelican Finn

Ilustración : Leicia Gotlibowski

viernes, 5 de septiembre de 2008

La luna naranja




- ¡Maltus! ¡Estás otra vez en la luna! ¡Se te enfrían los ñoquis!

Maltus respondió como si quisiera salir de un ensueño:

- ¿Ehhh? ¡Ahhh, sí…!

- ¡Pero claro que sí, Maltus! ¡Vos vivís en la luna de Valencia!

- ¿Ehhh? – repitió Maltus como si se hubiera reintegrado por completo a la realidad. ¡No, no…en la luna de Valencia, no!

- ¡¿Cómo que no!? ¡¿Pero cómo que no!? ¡A ver si bajás a la tierra un poquito y comés de una buena vez esos ñoquis que se están helando!

Maltus agarró el tenedor y comenzó a pinchar uno por uno mientras pensaba “ojos rojos en el plato, son abrojos en manojos, pincho y pincho, no los bato y los como de inmediato”. Pero enseguida se preguntó no sin cierta preocupación: ¿Por qué se me vienen a la cabeza tamaños disparates? ¿Será algo malo, realmente, esto que me dicen siempre de “estar en la luna de Valencia”? Como nunca me aguanto la curiosidad, le pregunté a Padrino Leopoldo, que sabe de todo, lo que se dice, de todo. El es el único que sabe que yo no estoy en “la luna de Valencia” sino en La Luna Naranja y él me contó que se dice estar en “la luna de Valencia” porque hace muchos, muchos años, Valencia era una ciudad amurallada que tenía muchas puertas, dos de las cuales, las más conocidas se llamaban Quart y Serrans. Las puertas se cerraban a cierta hora de la noche y los distraídos, los que no estaban atentos a la hora, se quedaban toda la noche afuera dormitando en un banco o en una especie de plaza (Padrino Leopoldo me ha dicho que no tiene seguridad de si era banco o si era plaza) con forma de media luna y allí debían esperar hasta que se abrieran las puertas de la muralla al día siguiente. Como es lógico, tampoco tenían otra cosa más para hacer como no fuera aquello de mirar la luna que, por tratarse de Valencia, obviamente era “la luna de Valencia”.
La verdad es que yo no estoy en la luna de Valencia, primero, porque
no vivo en Valencia y, segundo, porque estoy en La Luna Naranja, aunque Padrino Leopoldo dice que no importa qué luna sea, que lo que vale de la cuestión es que estoy en la Luna y que, para él, eso no está mal y no es tampoco cosa mala, aunque todo el tiempo me lo reprochen y me…

- ¡Pero Maltus! ¿Será posible, mi Dios? ¡Otra vez con el tenedor en el
aire y los ñoquis muriéndose de risa! Y vos, ¡claro! ¡en la luna de Valencia!, ¿No?

- No – respondió Maltus con seguridad, y estuvo a punto de revelar su
secreto cuando, por suerte, la respuesta se le vino encima.

- ¡¿Qué no?! ¡Ahhh, no, mi querido, no me vengas con macanas, que
te la pasás todo el día en la luna de Valencia y nunca prestás atención a nada!

Pues bien. Maltus no estaba de acuerdo con tales acusaciones pues de ninguna manera se podía decir que él no le prestaba atención a nada, lo que se dice, nada. Admitía, eso sí, que le prestaba atención a otras cosas, a cosas que para el resto de las personas e incluso para sus amigos eran cosas tontas, sin sentido, cosas que no servían para nada. Le prestaba atención, por ejemplo, a las alas de las mariposas y se preguntaba muy seriamente cómo era posible que una fuera tan perfectamente igual a la otra, cómo era posible que las formas fueran tan exactas y los colores de una tan idénticos a los colores de la otra, sin ninguna pincelada equivocada o temblorosa.
Pero sobre todo, pensaba en la Luna, además de estar en la Luna, porque a él le parecía que con la Luna pasaban cosas muy misteriosas y muchas noches se quedaba despierto mirando la luna, no la de Valencia sino la de su casa, tras el vidrio de la ventana. Y ahí le venía como un susurro una vieja canción que decía algo así como “Luna, lunera, cascabelera…” que solía cantar su abuela y de la cual no podía recordar más que una sensación de magia y de dulzura. Sin embargo, lo que sin duda le parecía mágico era aquello de que la Luna pudiera cambiar de forma, ora redonda y enorme como un perfecto círculo blanco, ora como una hoz con sus cuernos afilados como agujas, ora lisa como una porcelana, ora con su nariz, sus ojitos y su boca bien dibujados.
En resumen, que a Maltus se le hacía que en la Luna se escondían todos los misterios y todos los secretos, todas las cosas imposibles de conocer y que él ansiaba, como no había ansiado nunca otra cosa en su vida, tener una Luna propia, su propia Luna Naranja. Y no era por capricho que la quisiera precisamente naranja sino por un evento especial que había significado mucho en su vida y que todavía continuaba teniéndolo.
Un domingo de veranito, Padrino Leopoldo, que siempre andaba de viaje pero cuando estaba en la ciudad nunca se olvidaba de pasar su tiempo con Maltus, muy tempranito lo llevó a pescar a una laguna grande cuyo nombre jamás pudo recordar. Volvieron al atardecer, amarraron el bote y, ya en tierra, se sentaron a charlar bajo un árbol a pocos metros de la laguna. A poco, Maltus descubrió a la Luna y, con verdadero asombro, preguntó:

- Padrino, ¿veo mal, o la luna se ha puesto color naranja?

- No, Maltus, no ves mal. Cierto que no es demasiado común, pero a
veces, solamente a veces, la luna se pone de color naranja. Supongo que esto pasa – agregó el Padrino- cuando la Luna se siente muy enamorada.
Maltus se quedó un rato pensativo, digamos, en la Luna, y enseguida arremetió con una nueva pregunta:

- ¿Esto tiene algo que ver con el asunto de la Luna de Miel? Porque a
mí me parece que la miel también es medio, medio color naranja.

- Pues sí – dijo el Padrino. No me consta, pero estimo que así ha de
ser, puesto que los enamorados disfrutan abrazándose bajo la luz de la Luna.

Maltus volvió al silencio. Deseaba, necesitaba confesarle a Padrino Leopoldo un asunto importante pero ni se animaba ni encontraba la manera de comenzar, hasta que en un punto, y viendo que a poco debían regresar, tomó coraje, respiró hondo y dijo:

- Padrino…estoy enamorado. Sí, estoy enamorado de una chica que es
tan hermosa como esta Luna, pero no me animo a decírselo y creo que no me animaré tampoco. Paso mucho tiempo pensando en ella, pero como no tengo suficiente coraje como para hablarle, le escribo cartas, cartas y poesías que escondo bien para que nadie las descubra y no sé por qué se me ha dado por pensar ahora que esta Luna Naranja me traerá buena suerte.

El Padrino lo miró profundamente a los ojos con una mirada que Maltus jamás olvidaría y le respondió:

- Mi querido Maltus, estar enamorado es una de las cosas más hermosas que le pueden suceder a una persona. Sabrás que por esa causa, también se sufre, pero te aseguro que vale la pena. Quisiera ver, si es posible, esas cartas y esos poemas, pero aunque no me los muestres te pido que me prometas que no dejarás de escribir, ¿Puede ser?

- ¡ Pues claro que puede ser, Padrino, si escribir es lo que más me
gusta del mundo! Te prometo que de ahora y para siempre, no dejaré de hacerlo.

- Muy bien, Maltus, es hora de irnos porque oscurece – dijo el Padrino
levantándose. Sabrás que en pocos días salgo nuevamente de viaje. En esta oportunidad recorreré El Líbano, Siria y Turquía. Ni bien regrese, volveremos a vernos y, como siempre, te traeré algún recuerdo de mi viaje.
Y tal como fue prometido, así se cumplió. En el reencuentro, Padrino Leopoldo le entregó a Maltus una hermosa caja naranja con forma de media luna, una hermosa caja en la que Maltus fue acumulando cartas y poemas, su Luna Naranja, su tesoro escondido, La Luna Naranja en la que depositó sus sueños, sus penas, sus alegrías, sus angustias, sus dudas, sus misterios. Y así como Padrino Leopoldo prometió y cumplió, Maltus hizo otro tanto: no dejó nunca de escribir, con esfuerzo, con mucho esfuerzo, publicó sus libros, uno a uno, con alegría, con paciencia, con trabajo, con temores, con ansias.
Mientras pinchaba los ñoquis, uno por uno, “ojos rojos en el plato”, en silencio, recordaba a Padrino Leopoldo, a La Luna Naranja de aquel atardecer y volvía a preguntarse por qué las mariposas…

- ¡Maltus!, ¿Me estás escuchando? ¡Otra vez en la luna de Valencia!
¡No se puede creer, hombre de Dios! ¿Es que no me has escuchado que te llaman por teléfono para anunciarte que has ganado el Primer Premio Internacional de Poesía?

- ¿Ehhh? ¡Pues, no! ¡Digo, sí! Ya atiendo. Lo que pasa es que estaba
en La Luna Naranja, mi Luna, sin desmerecer la de Valencia, por supuesto.


Texto: Long-Ohni

Ilustración : Ester García Cortés

domingo, 24 de agosto de 2008

Los que







Que no me baño,

que no me cepillo los dientes,

que tampoco me peino,

ni cuando vienen parientes.


Ya me tiene tan cansado

Con tantos “que” a mi lado.


Que no me gusta dar besos,

que soy muy desobediente,

que no me miro al espejo,

que parezco adolescente. 



Ya me tiene tan cansado

Con tantos “que” a mi lado.


Sí, soy un desaliñado.

Sí, un poco desvergonzado.

También un poco atrevido.

Con amigos, divertido. 



Ya me tiene tan cansado

Con tantos “que” a mi lado.


Por fijarse como soy,

lo que digo y lo que hago,

nadie se ha dado cuenta

que yo estoy enamorado.


Poema : Patricia Iglesias Torres

Ilustración : Mercedes Nassivera ¨Mechuk¨


 

viernes, 22 de agosto de 2008

Peteco trabajador


Al ciempiés Peteco le gustaba mucho trabajar. Quería juntar dinero para comprarse botas amarillas. Soñaba con ellas todas las noches, las quería para presentarse en un concurso de zapateo. Se imaginaba ganándolo, porque nada sería más divertido que ver cien botas zapateando a la vez. Además, pensaba colocarles unas luces en la punta…¡Quedarían espectaculares! Pero…¿Cómo podría lograrlo? Necesitaba mucho bichi-dinero, de ése que servía para hacer las compras en BICHOLANDIA, el lugar donde vivían él y todos sus amigos.
Una mañana decidió ofrecer su trabajo en el periódico del lugar. Con sus cien patitas podría recorrer el teclado y en pocos minutos tendría la edición lista… Fue una idea brillante. El Ratón Felipe, dueño del periódico, se entusiasmó con ella y contrató a Peteco. Dos días al mes el ciempiés haría la tarea y las noticias estarían listas para ser leídas ¡Todo salió tan bien que Peteco recibió un montón de bichi-dinero!
El director, Don Topo Lector quedó muy conforme y le pagó con monedas redondas y doradas. Peteco las colocó en una bolsa, ya tenía algo ahorrado para alcanzar su sueño.
A los pocos días Ratón Felipe y Topo Lector le avisaron que lo andaba buscando el León, Rey de BICHOLANDIA.
-Mi palacio tiene los pisos opacos y sucios ¿ Los lustras Peteco?.Te pagaré veinte monedas doradas. ¡Estoy cansado del barro que dejan mis soldados cuando vuelven de las guerras!- le dijo el León cuando Peteco entró muy resuelto a una oficina del palacio que decía: Sala donde el Rey piensa.

El ciempiés estuvo muy feliz y conforme con la propuesta y comenzó a fregar. En un rato tuvo los pisos relucientes. Sus cien patitas han trabajado sin descanso. El Rey León se quedó admirado por el excelente trabajo y le pagó las veinte monedas doradas más diez plateadas. Además, los soldados perdieron las ganas de ir a la guerra y sólo querían bailar sobre ese piso tan espléndido. Como al Rey León las guerras lo tenían harto, le pareció mucho mejor que hubiera en su reino soldados bailarines a tener que andar por ahí peleando y rugiendo hasta quedarse afónico y lleno de moretones.
Por su parte, Leoncia, la princesita leona, vio el trabajo que había hecho el ciempiés y recordó que los espejos de su sala de las muñecas hacía rato que estaban empañados. Cuando iban sus amigas a jugar todo parecía un mundo de niebla y en lugar de alegrarse por estar juntas, se sentían tristes…
Peteco se ató cien trozos de tela a sus patitas y lustró los espejos para arriba y para abajo. ¡No podía permitir que Leoncia y sus amigas no pudiesen jugar con alegría!
La sala de las muñecas quedó radiante, como si el sol viviese allí. Es que las cien patitas de Peteco eran no sólo rápidas sino mágicas también. Leoncia y sus amigas recuperaron sus deseos de jugar y divertirse. Tanto, que hasta hicieron travesuras tales como usar el cetro del Rey para cantar y bailar una polka y su corona para embellecer Perlita Perlina, la gata de peluche.
El Rey, agradecido, le pagó a Peteco treinta monedas doradas y veinte monedas plateadas.¡¡Era muchísimo!!
De paso para su casa, Peteco se colocó sobre un hilo de agua como un puente. Así sus compañeras las hormigas pudieron cruzar.¡Había llovido y no podían volver a su hormiguero! Ellas le regalaron una flor amarilla, muy agradecidas. Era todo lo que tenían, pero querían recompensar su atención.
Llegó la noche del concurso… el ciempiés lució sus cien botas amarillas y la flor que le regalaron las hormigas en el sombrero. ¡Además, no solamente pudo colocar luces en las puntas de las botas sino que también le colocó cascabeles en los talones! Zapateó tan bien que ganó el campeonato. El Rey León y su hija Leoncia le entregaron el trofeo. Don Topo le sacó fotos para un reportaje en el periódico y Don Ratón lo felicitó muy emocionado. Las hormigas aplaudieron como locas y toda BICHOLANDIA también. Peteco quedó súper feliz… ya estaba listo para comenzar a soñar con el campeonato del año siguiente y sabía cómo hacer para llegar a él tan bien vestido y acompañado como la primera vez.

Texto : María Alicia Esain©2006

Ilustración : Matías Acosta

lunes, 18 de agosto de 2008

Los gatitos mellizos


Dos gatitos muy suaves vivían
haciendo ron-ron.
Lo pasaban jugando y durmiendo
Michín y Michón.

Los gatitos querían ser buenos
y portarse bien.
¡Pero cuántas diabluras hacían!
Pasaban de cien…

Cuando estaba tejiendo la abuela
su ovillo cayó.
Nuestro par de gatitos traviesos
sobre él se arrojó.

Escaleras abajo rodaron,
¡patapím-pam-pom!
Enredados, ovillos y gatos,
un solo montón.

Dos paquetes envueltos en lana
en cada escalón,
calladitos y quietos quedaron
Michín y Michón.

Un buen reto les dio la abuelita
al llegar por fin.
Ya no pudo tejerse los guantes
de lana carmín.

Enojada gritó la señora:
“¡No los quiero ver!”
Con gran susto, en las botas de abrigo
fuéronse a esconder.

Más tranquilos, al cabo de un rato,
cansados al fin.
“Tengo hambre”, murmuró bajito
el pobre MIchín.

Escapando de allí a la cocina
corren en tropel,
y se trepan con uñas y garras
al blanco mantel.

El abuelo tenía servida
su leche en tazón.
Gota a gota la tomaron toda
Michín y Michón.

Con el rico manjar de ciruelas
hicieron festín,
y uno de ellos metió la patita
dentro del budín.

En dos saltos llegó a la pileta
y allí se lavó,
pero todo marcado de dulce
el mármol quedó.

¡Qué fresquito y qué divertido
fue aquel chapuzón!
Entre blancas escamas y espuma
de suave jabón.

Sacudiendo el pelaje mojado
apareció el par,
resoplando igual que si hubieran
salido del mar

Dispararon los pobres mininos
con frío y con tos,
y dejaron el piso manchado
al huir los dos.

Al secarse en el pasto soleado
del verde jardín,
otra vez en sus juegos pensaron
Michón y Michín.

Linda pista de juego la cama,
¡salto viene y va!
En la almohada reposa el sombrero
nuevo de mamá.

Al sombrero le dieron mil vueltas
jugando los dos.
Los adornos, la paja, las cintas,
las flores, ¡adiós!

Cuando vino la pobre señora
dio un chillido atroz.
Las patitas movieron los gatos
en fuga veloz.

Los mininos jamás entendieron
griterío tal.
No querían los gatos, jugando,
causar ningún mal.

Asombrado, el par de gatitos
volvió a su rincón
y durmieron tranquilos su siesta
Michín y Michón


Versos de María Laura Serrano seudónimo de Julia Daroqui

Ilustración : Blanca BK Gimeno

domingo, 17 de agosto de 2008

El proyecto ¨La luna naranja¨

La Luna Naranja (Logo by Fernando Falcone)

La luna naranja es un proyecto ideado para la difusión de la literatura para niños, siendo su principal interés la fusión literatura-ilustración.
Nace en el mes de febrero de 2008 . La ilustración que nos representa es obra del ilustrador Fernando Falcone.
A pocos meses de su creación, comienza a recibir la respuesta de artistas de todas partes del mundo.
Esto genera en nosotros inmensas ganas de crear, proyectar y crecer.

Si sos artista y sentís ganas de participar o simplemente acercarte,
¨La luna naranja¨ te invita a formar parte de este espacio mágico... cualquiera sea tu edad...

La modalidad de actividades que genera la publicación de textos e ilustraciones inéditas, es sugerida a sus artistas participantes mediante el siguiente proceso:

- Invitación a los artistas a participar
- Recepción de textos de escritores
- Selección editorial de cuentos o poesías
- Envío del material a los ilustradores
- Recepción de ilustraciones
- Publicación de textos e ilustraciones fusionados
- Envío de invitaciones a los lectores


Cabe destactar que en general la fusión de textos e ilustraciones es inédita.
ya que estas son realizadas a partir del texto enviado al ilustrador.

El claro fin de ¨La luna naranja es la difusión de la literatura infantil y juvenil¨en todas sus formas, pero consideramos fervientemente, que para acceder a este tipo de literatura, no debiera haber una edad específica o determinada.
Cualquier persona que se sienta atraída por las ilustraciones, el encanto de la poesía y la magia de los cuentos, será bienvenida en La luna naranja...
Deseamos que los artistas encuentren un lugar de libre expresión.
La página no tienen fines de lucro y los trabajos no son remunerados.
Brindamos a los participantes la posibilidad de acercar su información de contacto
(mail, dirección de blogs, enlaces referentes) para contribuir de este modo con la difusión de su obra.

Creemos que el placer de la literatura tiene muchas formas, colores y sonidos, y por tal motivo, extendemos la invitación a payasos o clowns, narradores o cuenta- cuentos, ¨niños escritores¨, plásticos, pintores, dibujantes,etc, para realizar de manera conjunta actividades de fusión de artistas complementados.


Gracias por visitarnos...
Los esperamos!


Coni Salgado
Editora de La luna naranja

lunes, 11 de agosto de 2008

Niñez...


Niño: definición menuda, palabra inmensa

Serás niño o no serás nada

Serás niño y serás todo...


Que la infancia se te cuele en la memoria
que
te festeje los sueños cumplidos,
que vueles con alas

Que dibujes en tu piel sonrisas de crayón, lágrimas de acuarela
que tus deseos sean pincel y el mundo una paleta de colores

Que un sol de plastilina deje huellas en tus tardes de merienda

Que un mundo de letras te escriba el alma de versos dulces

te abrace con la voz de un abuelo con fábulas en los ojos

Que el viento llegado de un planeta lejano te regale una rosa

te lleve de viaje en avión y te muestre el infinito


Que crezcas con la imaginación de las historias de circo...

de un mono relojero, de un país de maravillas...


Que la vida te sorprenda con la transparencia de la niñez


siempre
que nunca la pierdas....

Que esta época azul te asegure muchos cumpleaños con velitas,
y días de guirnaldas y besos de chocolate,
música, globos, casas en los árboles, nubes de azúcar
y magia de caramelo, mares con peces, noches de duendes...


Que una luna naranja te bese los párpados antes de dormir

que te tape cuando haga frío y te brinde pan con dulce
caricias de canela y nuez, calidez de familia...arroz con leche

Que toda la niñez universal tenga gusto a cuento, sabor a poesía

ilusión en la mirada,
arte, esperanza, amor y paz...




Es el deseo de La luna naranja para todos los niños del mundo...

que tengas una historia feliz

cualquiera sea tu edad...

Feliz día del niño!

lunes, 28 de julio de 2008

Vuelta de conejo



Martín jugaba en la plaza
con su globo de conejo
pero se soltó el piolín
y el globo empezó a subir
hasta perderse allá lejos.

Volando cruzó las calles
del centro de la ciudad,
con sus balcones cuadrados,
filosos y amontonados
planta baja, quinto A.

Y si la gente del campo
le convidaba un saludo
el globo se hacía más gordo
porque suspiraba hondo
aire puro puro puro.

Cuando descubrió la playa
recostado en una nube
saltó y se puso a jugar
con esas olas de sal
que siempre bajan y suben.

Una vez que cruzó el mar
(por arriba y por adentro)
el sol lo empapó de brillo
y él se puso amarillo:
había llegado al desierto.

Después de tanto calor,
por suerte llegó a la selva
donde las sombras son largas
y los animales andan
tejiendo naturaleza.

Dio toda la vuelta al mundo
en su redondo paseo,
cuando otra vez vio las casas
en el barrio de la plaza
y flotó hasta el arenero.

Martín vio que su conejo
iba directo hacia él,
lo abrazó y le dijo: ¡Dale,
en la otra vuelta llevame
a mí también!

Poesía: María Laura Dedé

Ilustración: Darío Georges