lunes, 17 de noviembre de 2008

El barrilete azul



Si eres un niño o una niña quizás has escuchado que alguien te pregunte ¿Qué quieres hacer cuando seas grande?

 Quizás tu también lo hayas pensado y como todavía eres joven puedes soñar que en la mañana corres autos de carreras, que en el almuerzo enseñas en una escuela y que antes de acostarte bailas en un famoso teatro o inventas una máquina que hace las tareas. Eso por supuesto si eres un niño o una niña, pero si eres un barrilete (para algunos comenta, volantín o papagayo) nadie te va a preguntar que quieres hacer cuando seas grande, porque lo único que un barrilete quiere hacer toda la vida es volar.

Pero el barrilete de esta historia no era un barrilete común, porque mientras los otros exhibidos en la pequeña tienda esperaban impacientemente que alguien los comprara para por fin realizar su primer vuelo, nuestro pequeño barrilete azul imploraba para que nadie lo quisiera porque tenía miedo de volar.
Encontraba que eso de ser lanzado por lo aire no debía ser nada agradable y menos que el único contacto con la tierra fuera un delgado cordel ¿qué pasaría si el cordel se soltaba y quedaba a la deriva, siendo empujado por el viento hacía todos lados sin control?
Para su suerte no parecía ser muy atractivo para los niños que entusiasmados venían buscando un barrilete, su hermoso color azul parecía ser la causa, al verlo pensaban que se confundiría con el cielo y por lo tanto no podrían apreciar su vuelo.
Eso lo tranquilizaba mientras escuchaba a los otros que solo hablaban de su primer vuelo.

La libertad, que hermosa sensación de libertad debe sentirse al volar – decía el orgulloso cometa con forma de águila que posaba en el centro de la tienda.
El viento rozando y silbando a través de ti – exclamaba el volantín multicolor que estaba a su lado.
Y que me dicen de la altura, ver todo desde arriba y más allá del horizonte – señalaba el papagayo tradicional que mostraba los colores de la bandera.
“Que libertad”, “que viento”, “ni que altura”, pensaba el pequeño barrilete azul, “si estas atado a una cuerda no tienes libertad, la fuerza del viento puede romperte y las alturas dan vértigo”. Pero no decía nada, escuchaba en silencio mientras entraban los niños a la tienda a buscando un barrilete.
Pero la suerte no le fue eterna, llegó un día una pequeña niña a la que se le ocurrió que su chaleco hacía juego con el hermoso color azul del barrilete, así que se lo pidió a su papá aunque este insistía en que compraran otro.

Y así fue como una tarde, esta niña con su padre salió a volar al barrilete. Estaba muerto de miedo, temía que la pequeña niña no tuviera la suficiente fuerza para sostenerlo una vez que comenzara a soplar el viento (y ese día había mucho viento).
Que alzara el vuelo no fue tarea fácil, varias veces fue arrojado al aire para después caer en picada, si hubiera podido hablar con la niña le habría dicho que desistiera de una buena vez. Pero finalmente lo pescó una ventisca y comenzó a ascender y ascender, sentía como la fuerza del viento lo empujaba y a su vez sentía los jalones que recibía del cordel que sostenía la niña.
No quería mirar y cada vez que se elevaba sentía más miedo, “si me suelta” pensaba “si me deja ir”, “no quiero estar a la deriva” “no quiero que el viento me lleve a lugares que no conozco” “no quiero desprenderme de la tierra”.

Después de un rato de sentir como el viento lo golpeaba y silbaba a través de él se atrevió a mirar, primero se sintió mareado, pero después de un rato se acostumbró a la vista desde la altura, pudo ver la montaña y más allá el prado, todo se veía tan distinto desde arriba, hasta ahora solo había visto la tienda, la casa de la niña y la cumbre desde donde se inició su vuelo, pero ahora podía ver que más allá de la cumbre había un parque con niños jugando y más allá un poblado entero con gente caminando por las calles y un río y árboles, pudo entender de que hablaban los otros cometas de la tienda y de pronto sintió el impulso de ver más allá y jaló un poco, se estiró otro poco, un poquito más, pero sucedió lo que tanto temía, las manos de la pequeña niña no pudieron sostenerlo y quedó a la deriva.

El terror lo invadió, el cordel que le daba seguridad estaba a merced de las corrientes de aire. Primero una ráfaga lo lanzó a la izquierda, luego a la derecha, luego dio vueltas en círculo pero cuando por fin se estabilizó se sintió de nuevo atrapado por la visión del mundo desde las alturas, aunque seguía sintiendo miedo.
Divisó que detrás de los árboles aparecía una familia de conejos y también que unos metros atrás estaba un cazador que quería atraparlos, vio a un grupo de personas nadando en el río y a otras entre los árboles discutiendo, vio los colores del prado, verdes, ocres y los pájaros posados en las ramas, vio cosas que le gustaron, algunas que jamás podrá olvidar y otras que no quisiera volver a ver.

Pero algo le hizo querer detenerse: en la entrada de una pequeña casa pudo ver a un niño sentado con las manos en el rostro, parecía triste, parecía que lloraba. Entonces el barrilete esquivo las ráfagas de viento que chocaban contra él de frente, se movió a la izquierda, luego a la derecha, bajo y subió, alteó la cola para que se enredara en el poste cerca del niño y así pasó, finalmente comenzó a perder altura y calló en sus pies, el sonido de la caída hizo que el niño levantara la cara mojada y se restregara los ojos, miró sorprendido al hermoso barrilete azul que estaba enfrente y una sonrisa se dibujó en su rostro, el barrilete se sintió satisfecho.

El niño tomo el cordel y lo lanzó de nuevo al aire, corriendo por el campo, su risa se escuchaba desde lo alto. Esta vez se quedó donde estaba sintiendo la tensión del viento y de la cuerda que lo jalaba, quizás algún día volvería a volar libre, pero no se sentiría de nuevo a la deriva.



Ilustración : Beti Abel (Argentina)

Texto : Mallé Westinner (Venezuela)


Modalidad de fusión de artistas : ¨El reino del revés¨
Cuento creado a partir de una ilustración



martes, 11 de noviembre de 2008

La vaca Paca
































¿Cómo hará la vaca Paca,
cómo hará para aprender?
La escritura la preocupa…
¡Tampoco sabe leer!

De espaldas al pizarrón,
calladita se ha quedado.
¡Tan enorme es su problema,
que ni MU se le ha escapado!

Por el suelo andan las tizas:
una azul, otra amarilla,
otra roja, otra muy blanca…
¡Esto no es cosa sencilla!

Para empezar la tarea,
muy bien se había preparado…
Se puso su guardapolvos,
sus zapatos colorados…

De repente la trastorna
un libro con una A…
¡Qué miedo que tiene ella,
no sabe qué pasará!

¡Qué gran susto, qué delirio!
¡Pobre la vaquita Paca!
¿Tendrá que pedir ayuda
a la vaca de Humahuaca?




Ilustración : Nora Hilb (Argentina)

Poesía : María Alicia Esain (Argentina)


Modalidad de fusión de artistas : ¨El reino del revés¨
Poesía creada a partir de una ilustración



lunes, 27 de octubre de 2008

Palabras mágicas




Abelia tiene una muñeca de trapo. Abelia quiere que su muñeca hable, que cante y que baile, pero sobre todo que hable. Que le hable.
Abelia también tiene un libro de hechizos. Busca en su libro palabras mágicas para que su muñeca hable.
Lee en voz alta de su libro:

Rápate, cúngale, chásiti, son,
tórguele, trúmpete, virla, pisón.

Y el cielorraso de su cuarto se vuelve de estrellas, pero la muñeca no habla.
Vuelve a intentarlo. Relee:

Chípiti , ráquele, zúrbarle, córnele
mósiti, túrmale, alimicuá

Ahora aparece en su mano una varita, pero la muñeca... nada.
Da vueltas las hojas de su libro de atrás para adelante, apoya la varita sobre la cabeza de su muñeca y enuncia solemne:

Cúmpelin, mase, dirne, raén,
paste, troncare, fica, batén

Entonces la muñeca dice con voz monocorde:

"Mi nombre es Sabrina" "Tengo sueño" "Ponme mi pijama" "Mi nombre es Sabrina" "Tengo sueño" "Ponme mi pijama"

No es lo que Abelia espera. Abelia no quiere escuchar una voz grabada. Resignada, la mira a los ojos y le pregunta:
- ¿Por qué no me hablas con tus propias palabras?
- Porque estaba esperando las tuyas, que pueden ser mágicas - le contesta Sabrina sonriente.
Abelia esta feliz. Ahora que es maga, Sabrina canta y baila, pero sobre todo habla. Le habla.




Ilustración : Ana Guantay ( Argentina)

Texto: Silvina Rocha ( Argentina)



Modalidad de fusión de artistas : ¨El reino del revés¨
Texto creado a partir de una ilustración


lunes, 20 de octubre de 2008

Susurros del cielo



Nadie sabe bien por qué
los sábados a la mañana,
dos pájaros de mi pueblo
se acercan a mi ventana.

Nadie sabe bien por qué
uno de ellos me acaricia,
suave susurro de cielo,
se siente como delicia.

Nadie sabe bien por qué
escucho su pensamiento
cien aleteos celestes
cuentos de brisa y de encuentro.

Nadie sabe bien por qué
me secretea al oído:
“La libertad no se vende
aunque te roben el nido”.

“La libertad no se compra
aunque te corten las alas.
La libertad está adentro
del corazón de las hadas”.

Nadie sabe bien por qué
los sábados a la mañana
cuando los veo llegar
el alma se me aliviana.

¿Será porque soy un ángel?
¿Será porque soy muy mala?
¿Será porque sueño y quiero?
O... ¿por ser muy charlatana?




Poesía : Patricia Iglesias Torres ( Argentina)

Ilustración : Marlowa ( Brazil)



Modalidad de fusión de artistas : ¨El reino del revés¨
Poesía creada a partir de una ilustración



domingo, 5 de octubre de 2008

Vuelteretas




El payasito se da de patadas en la nariz. Gira como un rulemán y no se cansa. Es medio acróbata el payasito y medio tonto también. Se queda colgado cabeza abajo o sentado o con una pata detrás de la oreja. Pero no; no es tonto el payasito. Aunque gire y se quede enroscado en el alambre como un yo-yo o un trompo o una figurita de las redondas. El payasito no es tonto, porque es de madera pintada como el soporte que lo sostiene: una hache de madera de pino, que la mano del niño vuelve a apretar, para que se enrosque y gire y se vuelva a enroscar, siempre.

viernes, 3 de octubre de 2008

Marumba



Entonces bajó de la cajita que apoyamos en el piso del jardín. Me imaginé que ella sintió que aterrizaba con una nave espacial, por eso creo que fue muy valiente. Ni bien levantamos la tapa de cartón, apretó fuerte los ojitos por la luz; pero en seguida, parpadeó dos o tres veces y avanzó. Mamá dice que también suspiró, (pero yo escuché que hizo un sonidito como de moquito seco atrapado en la nariz) y después se fue derecho al pasto. Y no paró hasta llegar al objetivo: meter casi toda la cara en el agua, para saciar su pequeña sed. Todos nos morimos de risa con su gracia; hasta le pusimos Marumba por el ritmo de sus pacitos. ¡Genial!, pensé, ahora puedo jugar a la guerra con todos mis muñecos y ella va a ser como un tanque indestructible.

Por cómo se veía desde arriba, estuve toda la semana dibujando cuadraditos adentro de cuadraditos. Además le pregunté muchas veces a mamá qué pasaba si la sacaba de su casita. Me dijo que ni lo sueñe, con voz que daba miedo, y tuvo que explicarme de dónde venía Marumba porque yo pensaba que era de madera.

Para darle la bienvenida a Marumba, escribí un lindo poema y mamá lo hizo una canción que me canta para despertarme de risa a la mañana:



Marumba para acá

Marumba para allá



Marumba cajita

Marumba chiquita



Nariz de alfiler

boquita afilada

mala

me mordiste



camina en el pasto

sos glotona

come las florcitas

y llora mi mamita



transporta el Pokemon

patina con jabón



Marumba cajita

sos piola

te gusta la alfombra

y no la aspiradora



Marumba coraza

Marumba tu casa



Pareces piedrita

sos una casita



Techito lindo

llevas

simpre bajito



(Ya está) Tomi.







Texto : Luciana Maquieyra ( Argentina)

Ilustración : BEtt ( Argentina)

viernes, 26 de septiembre de 2008

Mi gato tiene ojos de luna




Mi gato espera paciente la noche,
quiere ver a la luna a través de la ventana:
las estrellas lo engañan
las nubes lo irritan
las orejas apuntan
y sus ojos la atrapan.




Poesía : Mercedes Aceves Zúñiga (México)

Ilustración : Marlowa ( Brazil)

sábado, 20 de septiembre de 2008

El grillo y el girasol






























Luisa vivía en el campo, en una casa muy linda con sus papás y sus hermanos. La casa estaba rodeada de muchos árboles, pájaros y flores de los más hermosos colores y perfumes.

La habitación de Luisa tenía una gran ventana, por donde entraba el sol cada mañana. Desde muy chiquita, Luisa veía como un simpático grillo venía todas las tardes a su ventana y cantaba, alegrándola con su música y sus ruidos. Lo llamó Pancho.

Una tarde de primavera, cuando Luisa jugaba en el campo, decidió seguir a Pancho. Lo siguió hasta que llegaron a un árbol que había cerca de un campo de girasoles. Allí Pancho se juntó con otros muchos grillos. Parecían muy contentos en ese árbol, y Pancho les contaba que todas las tardes iba a la ventana de Luisa y allí se quedaba cuidándola y alegrándola.

Un día llegaron al campo unos señores para ayudar al papá de Luisa. Comenzaron a cortar el pasto y las ramas de algunos árboles. De pronto Luisa escuchó algo que no le gustó:

Para poder seguir necesitamos cortar aquel árbol, el que está allá junto a los girasoles, dijeron los señores.

¡El árbol de Pancho! Luisa se puso muy mal. Corrió a contarle a su papá lo que pasaba.

¡Papá! - gritó Luisa- esos señores quieren cortar el árbol a donde viven los grillos.
¿Qué? - dijo el papá, creyendo que esta era otra de las tantas historias que Luisa inventaba.
El árbol que está al lado de los girasoles, es la casa de Pancho y su familia- le dijo Luisa- Pancho me cuida y me alegra. Y el árbol nos da sombra cuando hace calor los días de verano. Que no lo corten. Por favor- rogó Luisa a su papá.

Para que le creyera, Luisa llevó a su papá hasta el árbol y allí él pudo ver que era verdad: estaba lleno de grillos.

Entonces el papá de Luisa les pidió a los señores que no cortaran el árbol, que lo dejaran ahí a donde estaba. Los árboles son muy importantes y necesarios para todos y además ahí vive Pancho ¡un simpático grillo que cuida a Luisa desde la ventana!



Idea original: Lucía Díaz Bartolome (Argentina)

Asistente de redacción : Inés Umaran (tía) (Argentina)

Ilustración: July Macuada ( Chile)

jueves, 11 de septiembre de 2008

Jardín




Lajas de piedra verde-azul marcaban un camino serpenteado que recorría todo el jardín. Cada día nacían en él más corazones y todos eran de diferentes formas: redondos, afilados, unos con capacidad para flores, otros para espigas; unos más altos, esbeltos, otros pequeños, ovalados.
Era una vasta dimensión la del jardín y otra la forma en que la vida aquí interactuaba: ronroneo de tallos enredándose unos con otros, hojas nervadas en forma de filigrana, creciendo y amamantando con su extendida sombra a otros corazones vivos como ellas; musgos verdes sedando la aspereza de una roca, hormigas viviendo bajo esa roca, bebiendo de la humedad del musgo.

Las historias del jardín, amarillas de polen, volaban de un lado a otro con el aire y también en las alas de mariposas delgadas o en abejas tozudas y disciplinadas como sus simétricas rayas…
Y en tiempos de amor, unas mariposas preferían flores a otras mariposas de su misma raza y ciertas flores se abrían más cuando ellas llegaban, las esperaban con el olor dulzón salpicado en los pétalos y la mariposa de ala prístina se posaba cautelosa, besaba a la flor que se arqueaba girando en su propio tallo, ligera...ruborizada...
Los anillos en el tronco del cocotero eran los caminos para orugas de colores y pelaje espeso como espuma, veinte diminutos pies impulsaban a otros veinte que hacían de delanteros en la caminata pausada y a menudo interrumpida por el martilleo agudo de un despeinado pájaro carpintero, que impulsivo y voraz, abría túneles en cortezas húmedas buscando alimento.

Un día en que el sol casi desaparecía y la vida era de un color naranja quemado, una muchacha salió descalza a las lajas y se sentó en ellas tratando de acomodar su cuerpo a los limites de la piedra; al sentarse suspiró y la onda de viento rozó a la oruga que perdió un anillo de color en el instante. Ella no percibió el susto de la oruga, llevaba su corazón triste, los bordes de sus ojos y sus labios eran del mismo color que los tres pétalos del flamboyán, de un rojo intenso y sin fondo aparente. Dos lágrimas impulsadas como olas volaron desde sus ojos hasta el mismo pecho de una hormiga que del impacto quedó virada patas al cielo revolviéndose como un fuelle de reloj....sus amigas rápido soltaron todas las migajas de pan recolectadas durante el día y fueron en su ayuda, el hormiguero se alarmó sobremanera, todas chocaban entre sí y al hacerlo se tocaban las antenas buscando más fuerza, una bien pequeña y colérica se abalanzó a los pies de la muchacha e hincó con fuerza sus dientes en una mordida que casi la deja sin vida.

En segundos la piel de la muchacha enrojeció y todas temieron la furia con la que los seres grandes reaccionan a sus mordidas, pero para asombro de todas, ella apartó amorosa todas las hierbas que cubrían a la hormiga empapada de su lágrima y la subió a una hoja de punta afilada… la hormiga aún tragó en seco y se aguantó como pudo de los nervios de la hoja, la muchacha acercó su boca roja y exhaló un dulce suspiro, secando del todo a la hormiga, quien bajó sus antenas en señal de paz quedándose dormida a toda pata suelta…

La muchacha rió y al reír, sus ojos se volvieron del color del único pétalo jaspeado del flamboyán, devolvió a la hormiga a su casa y se alejó por el camino de las lajas riendo, dejando tras de sí una estela olorosa de amor que rápido siguieron todas las mariposas, las abejas y hasta el despeinado pájaro carpintero…

Y tú, si alguna vez lloras en un jardín, cuida tus lágrimas porque siempre habrán otras dimensiones respirando junto a ti y a tu corazón.




Texto : Pelican Finn

Ilustración : Leicia Gotlibowski

viernes, 5 de septiembre de 2008

La luna naranja




- ¡Maltus! ¡Estás otra vez en la luna! ¡Se te enfrían los ñoquis!

Maltus respondió como si quisiera salir de un ensueño:

- ¿Ehhh? ¡Ahhh, sí…!

- ¡Pero claro que sí, Maltus! ¡Vos vivís en la luna de Valencia!

- ¿Ehhh? – repitió Maltus como si se hubiera reintegrado por completo a la realidad. ¡No, no…en la luna de Valencia, no!

- ¡¿Cómo que no!? ¡¿Pero cómo que no!? ¡A ver si bajás a la tierra un poquito y comés de una buena vez esos ñoquis que se están helando!

Maltus agarró el tenedor y comenzó a pinchar uno por uno mientras pensaba “ojos rojos en el plato, son abrojos en manojos, pincho y pincho, no los bato y los como de inmediato”. Pero enseguida se preguntó no sin cierta preocupación: ¿Por qué se me vienen a la cabeza tamaños disparates? ¿Será algo malo, realmente, esto que me dicen siempre de “estar en la luna de Valencia”? Como nunca me aguanto la curiosidad, le pregunté a Padrino Leopoldo, que sabe de todo, lo que se dice, de todo. El es el único que sabe que yo no estoy en “la luna de Valencia” sino en La Luna Naranja y él me contó que se dice estar en “la luna de Valencia” porque hace muchos, muchos años, Valencia era una ciudad amurallada que tenía muchas puertas, dos de las cuales, las más conocidas se llamaban Quart y Serrans. Las puertas se cerraban a cierta hora de la noche y los distraídos, los que no estaban atentos a la hora, se quedaban toda la noche afuera dormitando en un banco o en una especie de plaza (Padrino Leopoldo me ha dicho que no tiene seguridad de si era banco o si era plaza) con forma de media luna y allí debían esperar hasta que se abrieran las puertas de la muralla al día siguiente. Como es lógico, tampoco tenían otra cosa más para hacer como no fuera aquello de mirar la luna que, por tratarse de Valencia, obviamente era “la luna de Valencia”.
La verdad es que yo no estoy en la luna de Valencia, primero, porque
no vivo en Valencia y, segundo, porque estoy en La Luna Naranja, aunque Padrino Leopoldo dice que no importa qué luna sea, que lo que vale de la cuestión es que estoy en la Luna y que, para él, eso no está mal y no es tampoco cosa mala, aunque todo el tiempo me lo reprochen y me…

- ¡Pero Maltus! ¿Será posible, mi Dios? ¡Otra vez con el tenedor en el
aire y los ñoquis muriéndose de risa! Y vos, ¡claro! ¡en la luna de Valencia!, ¿No?

- No – respondió Maltus con seguridad, y estuvo a punto de revelar su
secreto cuando, por suerte, la respuesta se le vino encima.

- ¡¿Qué no?! ¡Ahhh, no, mi querido, no me vengas con macanas, que
te la pasás todo el día en la luna de Valencia y nunca prestás atención a nada!

Pues bien. Maltus no estaba de acuerdo con tales acusaciones pues de ninguna manera se podía decir que él no le prestaba atención a nada, lo que se dice, nada. Admitía, eso sí, que le prestaba atención a otras cosas, a cosas que para el resto de las personas e incluso para sus amigos eran cosas tontas, sin sentido, cosas que no servían para nada. Le prestaba atención, por ejemplo, a las alas de las mariposas y se preguntaba muy seriamente cómo era posible que una fuera tan perfectamente igual a la otra, cómo era posible que las formas fueran tan exactas y los colores de una tan idénticos a los colores de la otra, sin ninguna pincelada equivocada o temblorosa.
Pero sobre todo, pensaba en la Luna, además de estar en la Luna, porque a él le parecía que con la Luna pasaban cosas muy misteriosas y muchas noches se quedaba despierto mirando la luna, no la de Valencia sino la de su casa, tras el vidrio de la ventana. Y ahí le venía como un susurro una vieja canción que decía algo así como “Luna, lunera, cascabelera…” que solía cantar su abuela y de la cual no podía recordar más que una sensación de magia y de dulzura. Sin embargo, lo que sin duda le parecía mágico era aquello de que la Luna pudiera cambiar de forma, ora redonda y enorme como un perfecto círculo blanco, ora como una hoz con sus cuernos afilados como agujas, ora lisa como una porcelana, ora con su nariz, sus ojitos y su boca bien dibujados.
En resumen, que a Maltus se le hacía que en la Luna se escondían todos los misterios y todos los secretos, todas las cosas imposibles de conocer y que él ansiaba, como no había ansiado nunca otra cosa en su vida, tener una Luna propia, su propia Luna Naranja. Y no era por capricho que la quisiera precisamente naranja sino por un evento especial que había significado mucho en su vida y que todavía continuaba teniéndolo.
Un domingo de veranito, Padrino Leopoldo, que siempre andaba de viaje pero cuando estaba en la ciudad nunca se olvidaba de pasar su tiempo con Maltus, muy tempranito lo llevó a pescar a una laguna grande cuyo nombre jamás pudo recordar. Volvieron al atardecer, amarraron el bote y, ya en tierra, se sentaron a charlar bajo un árbol a pocos metros de la laguna. A poco, Maltus descubrió a la Luna y, con verdadero asombro, preguntó:

- Padrino, ¿veo mal, o la luna se ha puesto color naranja?

- No, Maltus, no ves mal. Cierto que no es demasiado común, pero a
veces, solamente a veces, la luna se pone de color naranja. Supongo que esto pasa – agregó el Padrino- cuando la Luna se siente muy enamorada.
Maltus se quedó un rato pensativo, digamos, en la Luna, y enseguida arremetió con una nueva pregunta:

- ¿Esto tiene algo que ver con el asunto de la Luna de Miel? Porque a
mí me parece que la miel también es medio, medio color naranja.

- Pues sí – dijo el Padrino. No me consta, pero estimo que así ha de
ser, puesto que los enamorados disfrutan abrazándose bajo la luz de la Luna.

Maltus volvió al silencio. Deseaba, necesitaba confesarle a Padrino Leopoldo un asunto importante pero ni se animaba ni encontraba la manera de comenzar, hasta que en un punto, y viendo que a poco debían regresar, tomó coraje, respiró hondo y dijo:

- Padrino…estoy enamorado. Sí, estoy enamorado de una chica que es
tan hermosa como esta Luna, pero no me animo a decírselo y creo que no me animaré tampoco. Paso mucho tiempo pensando en ella, pero como no tengo suficiente coraje como para hablarle, le escribo cartas, cartas y poesías que escondo bien para que nadie las descubra y no sé por qué se me ha dado por pensar ahora que esta Luna Naranja me traerá buena suerte.

El Padrino lo miró profundamente a los ojos con una mirada que Maltus jamás olvidaría y le respondió:

- Mi querido Maltus, estar enamorado es una de las cosas más hermosas que le pueden suceder a una persona. Sabrás que por esa causa, también se sufre, pero te aseguro que vale la pena. Quisiera ver, si es posible, esas cartas y esos poemas, pero aunque no me los muestres te pido que me prometas que no dejarás de escribir, ¿Puede ser?

- ¡ Pues claro que puede ser, Padrino, si escribir es lo que más me
gusta del mundo! Te prometo que de ahora y para siempre, no dejaré de hacerlo.

- Muy bien, Maltus, es hora de irnos porque oscurece – dijo el Padrino
levantándose. Sabrás que en pocos días salgo nuevamente de viaje. En esta oportunidad recorreré El Líbano, Siria y Turquía. Ni bien regrese, volveremos a vernos y, como siempre, te traeré algún recuerdo de mi viaje.
Y tal como fue prometido, así se cumplió. En el reencuentro, Padrino Leopoldo le entregó a Maltus una hermosa caja naranja con forma de media luna, una hermosa caja en la que Maltus fue acumulando cartas y poemas, su Luna Naranja, su tesoro escondido, La Luna Naranja en la que depositó sus sueños, sus penas, sus alegrías, sus angustias, sus dudas, sus misterios. Y así como Padrino Leopoldo prometió y cumplió, Maltus hizo otro tanto: no dejó nunca de escribir, con esfuerzo, con mucho esfuerzo, publicó sus libros, uno a uno, con alegría, con paciencia, con trabajo, con temores, con ansias.
Mientras pinchaba los ñoquis, uno por uno, “ojos rojos en el plato”, en silencio, recordaba a Padrino Leopoldo, a La Luna Naranja de aquel atardecer y volvía a preguntarse por qué las mariposas…

- ¡Maltus!, ¿Me estás escuchando? ¡Otra vez en la luna de Valencia!
¡No se puede creer, hombre de Dios! ¿Es que no me has escuchado que te llaman por teléfono para anunciarte que has ganado el Primer Premio Internacional de Poesía?

- ¿Ehhh? ¡Pues, no! ¡Digo, sí! Ya atiendo. Lo que pasa es que estaba
en La Luna Naranja, mi Luna, sin desmerecer la de Valencia, por supuesto.


Texto: Long-Ohni

Ilustración : Ester García Cortés